dijous, 15 de febrer de 2018

Italia

Fin de Año en Nápoles y Costa Amalfitana



Un fin de año más, y un lugar próximo que pueda abarcarse en los 7 días de que disponemos. Esta vez le toca a Italia y optamos, mi amiga Nieves y yo, por la ciudad de Nápoles. Hay tanto que ver que podríamos quedarnos aquí todo el tiempo, pero decidimos dedicarle unos días a la cercana Pompeya y la increíble Costa Amalfitana. Una pequeña dosis del sur de Italia que nos ha dejado con ganas de más… 


 
Si os apetece viajar un poco, acompañarme en este rápido viaje. Espero que mis comentarios y las fotos os animen a cruzar el Mediterráneo y visitar este cercano e impresionante país, siempre lleno de sorpresas.

Bella Italia


Llegamos por la tarde a Nápoles. Nos hospedamos en el Hotel Ideal, sencillo, pero muy céntrico, en la Plaza Garibaldi. Un lugar muy conveniente, justo al lado de donde para el bus del aeropuerto, que se encuentra a unos 20 minutos del centro, enfrente de la estación de trenes, y de una boca de metro. 

Pasearemos por el centro, por las animadísimas calles de Via Tribunali y Via Croce. Las pequeñas calles cercanas a la Iglesia de San Lorenzo Maggiore, como Gregorio Armeno la de los pesebres, que acoge un sinfín de tiendecitas de figuras y otros elementos habituales de las fiestas navideñas en Italia. Casas viejas y con solera, con amplios patios acogen exposiciones de elaborados pesebres. Una marea humana que se mueve como puede por estrechas calles abarrotadas de gente. Y por todas partes, apetitosos restaurantes en donde se sirve deliciosa comida y a buen precio. Las largas colas indican los mejores sitios. Y en uno de esos nos metemos…






Pompeya


Al día siguiente, después de un delicioso desayuno, tomamos el tren hacia Pompeya. La línea Circumvesuviana te deja justo al lado de una de las entradas al complejo de la antigua Pompei, la ciudad arrasada por la explosión del Vesuvio. Desde allí mismo se organizan tours a la cima del imponente volcán, que en esos días estaba bien nevado. Muchos turistas van y vienen el mismo día, en una visita que se puede hacer cómodamente desde Nápoles

Nosotros optamos por pasar la noche en esta ciudad, y así continuar al día siguiente hacia Sorrento, punto final de la misma línea de tren. En ese caso, es más conveniente tomar la línea 2 Trenitalia, la que va a Salerno, y que deja en el centro de la moderna ciudad de Pompeya. Allí nos hospedamos en un bellísimo alojamiento, “La Corte delle Vanità”, a unos minutos de otra de las entradas al histórico complejo que atrae hasta aquí a tantos turistas.


Un billete de 13 euros te permite la entrada por tres días, o si se prefiere, se puede visitar también la vecina Herculano. De todas formas, en un solo día, bien completo, puede verse fácilmente todo el complejo museístico. 





Y allí estábamos nosotros, dispuestos a quedar impresionados por uno de los lugares turísticos más emblemáticos de Italia. Pompei, esa ciudad sorprendida por la furia de un volcán que la sepultó bajo las cenizas un 24 de agosto del año 79 después de Cristo. Casas señoriales, ricamente decoradas con pinturas, esculturas y mosaicos, tiendas y restaurantes en donde se servían deliciosos manjares, teatros, anfiteatros, gimnasios, templos y hasta casas de buena vida en donde se desbordaban las pasiones.

  













Todo quedó sepultado, en silencio, hasta que los arqueólogos empezaron a sacar a la luz los tesoros ocultos durante siglos. Esculturas de mármol y bronce, vajillas de plata, monedas y joyas… La mayoría de estos objetos se encuentran en el Museo Arqueológico de Nápoles, que, sin duda, merece una visita.
















Costa Amalfitana

A la mañana siguiente tomamos de nuevo el tren hasta Sorrento, una bonita ciudad asentada en la cima de un alto acantilado que cae vertiginosamente al mar. Al lado mismo de la estación del tren salen los buses que recorren la costa Amalfitana, hasta Salerno, y que van deteniéndose en todos los pueblos del camino. Nosotros nos detuvimos en Amalfi, lugar en donde se dice que se inventó la brújula, y en donde decidimos pasar la noche.


Se trata de un pueblecito encantador, con una calle principal, larga y estrecha, y un sinfín de callejuelas que suben por las laderas laterales. Pequeños túneles que pasan por debajo de las casas, callejones serpenteantes, y un sinfín de escaleras, permiten ir ascendiendo y disfrutar de unas excelentes vistas.


Nos hospedamos en un acogedor hotel, Fontana, en la plaza principal, con vistas al mar. Justo al lado se alza el Duomo di Amalfi, un complejo monumental formado por la Basílica del Crucifijo, el museo del Duomo, la cripta, que conserva las reliquias de San Andrés y la Catedral, con el curiosísimo claustro del Paraíso.
Positano
Llegamos en medio de un temporal, acompañados, durante todo el viaje, por una intensa lluvia. Las olas chocaban enfurecidas en el puerto y no apetecía otra cosa que sentarse en un buen restaurante y disfrutar de una deliciosa comida. Al día siguiente, no obstante, amaneció con un sol intenso y brillante, que nos animó a acercarnos hasta la cercana Positano, otro bellísimo pueblecito colgado encima del mar.



Por la tarde proseguimos nuestro viaje hasta Salerno, una ciudad que en esos días atrae muchos turistas por sus espectaculares figuras iluminadas. Allí tomaríamos el tren que nos llevaría de vuelta a la ciudad de Nápoles.
Nápoles

La pequeña guía que nos dieron en el punto de información turística del aeropuerto, nos introduce en la ciudad con el sugerente titular “El encanto de tres mil años de historia”. Y es verdad, Nápoles está repleta de monumentos, castillos, palacios, colegiatas, conventos, iglesias, hasta un enorme palacio. Si se quiere visitar todo, hace falta mucho tiempo.



Nosotros elegimos solo algunos lugares, como la visita a la ciudad subterránea, que vale la pena no perderse. Las antiguas cisternas de la ciudad, de la época romana, que descansan a 30 metros bajo tierra y que sirvieron como refugio durante la 2ª. Guerra Mundial. Las fascinantes catacumbas repletas de huesos, o algunas calles que quedaron enterradas, cubiertas de lodo y que ahora, ya restauradas, transportan a tiempos lejanos.



  


Entramos en muchas iglesias. Hay una en cada esquina, y a cual más rica y bella, dando fe de la profunda religiosidad de este país. Entre ellas, la Catedral, dedicada a Santa María Asunción, que posee un antiquísimo baptisterio y la Capilla Real del Tesoro de San Gennaro, patrón de la ciudad. Y hasta subimos en funicular hasta la Colegiata, imprescindible, y desde la que se tiene una vista espectacular de la ciudad.














Y por supuesto, visitamos el museo arqueológico, que no debe perderse ningún amante del arte. La colección de esculturas griegas y romanas es, sin duda, una de las más impresionantes que pueden encontrarse. Y ver los restos recuperados de la antigua ciudad de Pompeya y Herculano, los mosaicos, las pinturas que decoraban las paredes, los utensilios del hogar, las monedas, joyas y tesoros desenterrados y que sobrevivieron al expolio, es una maravilla indescriptible.

Pero, además de ese sinfín de monumentos espectaculares, la ciudad de Nápoles, es, en si misma un espectáculo que vale la pena no perderse. Basta con pasear por sus calles, perderse por su decadente centro histórico, que parece caerse a trozos, degustar la pizza más simple y a la vez más deliciosa que uno ha probado nunca, y no resistirse a ninguno de sus dulces, a cual más espectacular.













Fin de Año

Finalmente, Nápoles resulta ser también un buen lugar en donde celebrar la noche de fin de año. Tras una deliciosa cena en un restaurante del centro, con un buen grupo de amigos con quien coincidimos, nos acercamos hasta la Plaza del Plebiscito, al lado del Palacio Real, el Teatro de San Carlos y las Galerias de Umberto I. El lugar se llena de napolitanos y extranjeros que disfrutan de la música y los interminables fuegos artificiales.


Un poco más abajo, en las inmediaciones del Castillo del Huevo, y a lo largo del paseo marítimo, diferentes bandas de música irán animando la noche, que vive su momento álgido con un singular castillo de fuegos artificiales. Todo ello acompañado por cientos de lámpara luminosas de papel que los napolitanos lanzan al aire iluminando el cielo de esa noche tan especial.